La fe de vida no se da por Instagram

Tengo días, no mentira, meeeses esperando que se me dé un trabajo. Es el tipo de trabajo que tú sientes que te has preparado toda la vida para hacerlo y por fin Mercurio le dice chao al retrogrado y las cosas como que empiezan a darse. Y todo va bien, excepto que no te llaman.

No soy de los que anda poniéndoles un mensajito tipo: “Mira mi reina, ¿cómo pa’ cuando?” cada cinco minutos pero cuando en verdad pasa un tiempo sin que te llamen ya uno está soplando una fogata y haciendo señales de humo con una cobija navajo para hacerse notar. ¿Eso que antes decíamos “me dejaron en R”? Ahora es peor. Ahora te dejan en azul. Doble check.

Como no me llamaron yo decidí que no podía quedarme sentadito más en un sofá. Agarré mis cachachá como dicen las viejas (por cierto, ¿alguien sabe qué será un cachachá?) y me fui de viaje a Madrid por dos semanas. Una de ellas Semana Santa. Y como Karma es mi segundo nombre, mientras me amarraba mi cinturón de seguridad y me preparaba para escuchar las instrucciones de seguridad del avión, escuché un sonidito en mi celular.

Mensaje: (Potencial Trabajo de Toto): ¡Holaaaa querido!

Sus madres.

Obligado a apagar el teléfono, por nueve horas de vuelo me pregunté qué me habrían escrito más en el mensaje. ¿Tendría que regresarme de nuevo corriendo? Yo y los deportados. Pero nada más escribieron. Mi “Bueeenas” que le escribí de vuelta fue dejado en leído de nuevo y ahí fue cuando pensé: mis futuros empleadores en verdad necesitan un librito de etiqueta sobre como dar toooda la información en un solo mensaje.

Semana Santa pasó y volví a Caracas. Y ayer, de la nada, me vuelven a llamar. No queriendo extender el asunto, sencillamente giré el volante del carro que conducía y me fui a su oficina. Si iban a ignorar mi “Bueeenas” de nuevo, prefería que lo hicieran en persona. Y ahí me enteré de la confusión:

“Es que no te volvimos a llamar porque vimos por Instagram que te habías ido del país”.

Yo he oído excusas en mi vida pero Instagram es definitivamente la primera.

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Reviso mi historia de fotos y constato, tengo algunas fotos de mi viaje montadas. ¿Pero no las tiene todo el mundo? Ahí está la imagen del candadito que me cortó la Guardia Nacional para revisarme la maleta, yo paseando mi calva, yo debajo de una puerta petite porque en la Europa medieval si tú no eras “bite-size” no cabías en ningún lado. Incluso tengo la típica foto turista donde salgo saltando, porque eso es todo lo que hacemos los turistas.

¿Y por qué no puse una foto de mi regreso quiere decir que nunca más volví?

“¿Estás en Venezuela?” se ha vuelto la pregunta más frecuente que me hacen y ahora entiendo mi soledad y falta de trabajos. Y estoy francamente fastidiado del reality show que uno se crea por las redes sociales. Hemos llegado a un punto que el que no puso los piecitos en el piso Cruz-Diez de Maiquetía no se ha ido, mientras que el que decide posar frente a la Puerta de Alcalá en Madrid ya se fue. Créanme, ningún inmigrante serio va a retratarse frente a la Puerta de Alcalá. Y si lo hace esa persona regresa en dos semanas porque todos los cafés alrededor de ese monumento son carísimos.

Entonces vaya aquí mi fe de vida al que me esté buscando. Yo, Toto, buhonero intelectual, resido actualmente en Venezuela en la misma sillita de toda la vida. La mesa de té la boté porque me di cuenta que cuando todo el mundo está loco pues ya no vale la pena seguir buscando al Sombrerero.

Como todos, lo que sale en Instagram son cinco minutos de las 24 horas de mi día y si escojo poner una foto es por tres razones cuasi bíblicas:

instagram

Bajo ninguna razón pondría una foto para indicar mi situación de residencia porque hasta donde sé, yo estoy de turista en todo el globo terráqueo excepto en mi país (y aquí con los chinos y rusos me siento más tourist que nunca pero esa es otra historia).

Y esta fue mi frustración del día.

P.D. Potencial trabajo, si están leyendo esto: pero igual los quieeeero.