Cuestión de Favores

El historiador griego Tucídides dijo una vez que aseguramos amistades no cuando recibimos favores sino cuando los hacemos. Y eso es muy bonito, pero apuesto a que el “Tuci” jamás le hizo un favor a uno de sus hermanos porque si no la frase sería: “hacerle un favor a un hermano siempre implica una tragedia griega”. Si no que lo diga mi amigo Roberto a quien le ocurrió este episodio familiar hace un par de días.

La hermana de Roberto acaba de montar una compañía que cuida casas mientras sus dueños no están. Ella se encarga de ir y prender las llaves del agua, bajar las pocetas, revisar los bombillos y regar las matas. Si hay algo que necesite atención, pues ella lo arregla y así cuando los dueños regresen encuentran una casa habitable y no una construcción en decadencia tipo la mansión de Miss Havisham en Grandes Esperanzas.

El negocio es bueno, particularmente porque nadie quiere dejarle sus casas a los fantasmas del abandono. Pero la hermana de Roberto jamás imaginó que su primer trabajo le iba a enseñar sus primeras lecciones en el oficio. Y ni siquiera, pues ella ni estaba. La lección la aprendió su Roberto gracias a un favor de hermanos.

Encontrándose fuera del país por motivos personales le pidió el favor a Roberto que se encargara de la primera casa que contrató sus servicios. De manera diligente, Roberto fue a la casa a revisar el estado de las cosas. Le explicó al vigilante lo que venía hacer y con las llaves que le dieron entró al apartamento silencioso. Pero no encontró un silencio lúgubre sino más bien un sonido extraño. Un ruido que venía desde el fondo y que indicaba que no estaba solo en casa.

(Insertar música tenebrosa aquí)

Cuenta Roberto que oía un ruido familiar desde el cuarto principal y cuando entró sintió en el baño el correr del agua, como si alguien estuviera bañándose. Y ahí empezó su dilema: ¿entrar al baño a revisar cómo le ordenaron hiciera o entrar al baño y encontrar a la dueña de la casa en pelotas y encarar un chancletazo y posterior juicio por voyerista?

Decidió tomar el riesgo y caminó hacia el baño para abrir la puerta diciendo “Hola, es Roberto” varias veces para no matar a la dueña de un infarto. Pero antes de llegar a la puerta ya veía el accidente. Un charco de agua había hecho una piscina de la alfombra blanca en el cuarto y el baño no era más que un Jacuzzi digno para La Sirenita. La bañista misteriosa resultó ser la ducha del bidet que le dio por ser fuente en ausencia de habitantes.

Una llamada de alerta a la dueña y otra de mentada de madre a su hermana después, Roberto se encontraba con los pantalones remangados intentado drenar el desastre que había causado la ducha tremenda. Un hueco en la tubería había hecho que se atolondrara por lo cual varios tobos y mopas tuvieron que ser empleados para limpiar la fontana di Trevi a la caraqueña.

¿La lección aprendida según Roberto? Hay favores que se les hacen a los hermanos sin preguntar. Pero cuando requieren de chaleco salvavidas, aspiradora que recoja agua y chapaletas es mejor leer todos los términos y condiciones.