Con el éxodo a Miami mi mayor temor es que prenda la TV un día y esté una prima sentada en “Casos de Familia” @totoaguerrevere

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El peor cocinero del mundo reza después de cenar

En toda parrilla siempre hay un cocinero estrella que suda frente a la brasa. En la cocina está su mujer preparando un guacamole y mentando madre porque hoy, de todos los días, le inventaron organizar un almuerzo en casa. En una mesa los amigos pican chistorras, en otra, las amigas pican cebollas y parado ahí al lado del cocinero en la parrilla está un hombre que solo pica el ojo con el humo.

A todas luces, ese hombre aparenta que está haciendo algo, tipo ventilar las moscas o pasarle cuchillos al chef. Pero en realidad ese tipo no hace nada. No va a cortar la carne, ni entrará a la cocina a preparar una salsa. Ni siquiera va a sugerir ponerles más mantequilla a las papas horneadas. Solo está ahí para que la gente crea que hace algo. Es un mero inútil hambriento que se ve en toda parrilla. Lo sé porque ese hombre soy yo.

Admito que la cocina no se me da. He intentado cursos, visto programas como Master Chef y tengo en mi posesión tres copias del libro “Cocina Para Tontos”. Pero no importa cuánto trate, cualquier plato que yo prepare es digno de ser fotografiado para formar parte de la sección de “fails” en Pinterest. Para mí un plato gourmet es un sándwich de queso de cabra aplastado en la tostadora. Lo que más amo hacer para la cena es una reservación en un restaurante y jamás lo admitiría en público pero yo fui el que una vez preguntó que quién era María y por qué insistían bañarla en la cocina.

Si tengo que cocinar lo hago por supuesto. Solo necesito paciencia, determinación y el teléfono de los bomberos. Tampoco soy el muerto de hambre que ve el Gourmet Channel y lame la pantalla del televisor… Está bien, lo hice una vez pero fue solo porque Narda Lepes hizo langosta al termidor. Puedo cocinar alimentos básicos como huevos, pastas, perros calientes y ensaladas. Una vez me dio por hacer un soufflé. Digamos que fue un “suflimiento”.

Y es cómico porque la vida me ha dado ciertas señales de que soy malísimo en el departamento culinario. Mi mejor condimento, me han dicho, es el antiácido. En mi casa se reza después de cenar. Y es duro darse cuenta de que mientras todos los hombres reciben de regalo un delantal que dice “El Mejor Chef del Mundo” a mí una vez me regalaron uno con la imagen de la “Virgencita Plis”.

Mi conclusión es que los libros de cocina no me comprenden. Yo leo una receta como puedo leer el libro Los Juegos del Hambre: sé que ninguna de las dos pasará en la vida real. No eres el peor cocinero del mundo hasta que no hayas hecho sonar dos huevos como unas maracas porque la receta decía: “bata dos claras de huevos”. Y ese es mi problema, cuando una receta te recomienda hornear hasta que esté dorado, siempre pienso: “¿qué tan dorado estamos hablando?” ¿Dorado tipo un McNugett o dorado tipo Paulina Rubio?

Por eso es que me abstengo de cocinar platos complicados. Mi rosbif término medio sería con toda seguridad más duro que la Piedra del Cocuy y mi único intento de preparar un pie de limón terminó siendo un frisbee para mis perros. Por lo menos mi familia está clara en una cosa. Cada vez que nos reunimos para hacer una parrilla, mi hermano pone la carne, mi mamá pone las caraotas, y yo siempre pongo la torta.

Por eso es que la próxima vez que vean a un hombre parado junto al comandante parrillero, sepan que no está haciendo nada por una razón completamente válida. Inmiscuirlo a él en los preparativos de un almuerzo siempre implicará un viaje posterior a la clínica. Como me dijo mi amigo Raúl, insigne chef de carnes en la última parrilla a la que acudimos: “Tú solo dedícate a echarme cuentos, inútil que del resto me encargo yo”.-

La vida póstuma de un libro despedido por su autor

“Anoche soñé que volvía a Manderley”. Me intrigan las razones por las cuales se escriben los libros. Lewis Carroll mandó un conejo por un hueco para entretener a Alicia, Isabel Allende comenzó una carta para su padre que terminó siendo La Casa de Los Espíritus y J.K. Rowling, desesperada y sin real, anotó los primeros trazos de Harry Potter y la Piedra Filosofal en una servilleta.

Creo que atreverse a escribir un libro es darse el tupé de jugar a ser Dios. El autor hace que amanezca y oscurezca en su novela. “La botella de Black Label parecía normal y fuera de lugar, como el único hombre de esmoquin en un baile de disfraces” es una frase de Graham Greene que te pone en contexto; el protagonista de Viajes Con Mi Tía detesta los disfraces. Solo un autor puede hacer eso. Es él quien emprende la aventura de conectar acciones para que la protagonista se asome al balcón, el pirata ensanche la espada o el marciano ataque la Tierra.

En la mente del escritor se desarrolla una gran obra de teatro que une memorias con secretos no confesados y realidades con inventos. Lentamente se teje una trama en la cual pareciera que los protagonistas simplemente le dictan las palabras a tal punto que el escritor no puede distinguir si algún diálogo se le ocurrió a él o si lo oyó en otra parte. “Cuando estás enamorado a veces no es necesario hacer nada para saber que sí lo estás”, escribe Boris Izaguirre en Villa Diamante. ¿Dónde escuchó algo parecido la primera vez?

Así va el autor, crea un mundo inexistente hasta que llega el terrible o necesario momento donde, entre lágrimas o en venganza, se despide de su libro con “Amaba al Gran Hermano” como termina Orwell su 1984 o lo deja como un tal vez volveré. Con Gatsby ya ahogado en la piscina, Fitzgerald termina su novela homónima escribiendo: “Y así seguimos, adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”.

De ahí en adelante ya ese libro no es del autor. Le pertenece a aquel lector que tenga la audacia de abrirlo. Sobre su mejor novela El Padrino, Mario Puzo dijo una vez: “Desearía haberla escrito mejor”. Eso es la desgracia de crear un mundo ficticio, tarde o temprano querrá el escritor volver a ser Dios para arreglarlo. Pero no tiene arreglo porque vive en las mentes de otros.

Es el público quien juzga a los personajes, los condena o los vanagloria. Holly Golightly es una prostituta y aun así sentimos pena por ella. Hércules Poirot es un sabiondo que termina siendo el asesino y todavía queremos una aventura más con él. En eso nada tiene que jugar el autor. Puede traer nuevas descripciones como lo hizo J.K. Rowling cuando años después sacó a Albus Dumbledore del closet y confesó que su gran amor fue Gellert Grindewald. Pero hay historias que terminan porque deben. Margaret Mitchell siempre dijo que jamás supo si Scarlett volvía con Rhett. La audiencia piensa de otra manera.

Lo que sí comienza para un libro ya publicado es su propia aventura. Una en la cual se posa sobre estanterías, se deja olvidado en bancos o pasa de mano en mano. Cada ejemplar tiene una vida propia y un destino que puede ser el rayado, el manoseo o el casto pecado de nunca ser sacado de su envoltura. El libro viaja con su compañero, duerme en mesas de noche, recibe a regañadientes un doblez sobre sus hojas y con gusto un fino marca libros. Es disfrutado, detestado, bostezado o criticado. Y una vez terminado comienza una nueva aventura, esperando que otro, o quizás su dueño original, vuelvan a escaparse entre sus letras.

Para un escritor las aventuras de sus libros son inimaginables. El cómo, dónde, cuándo y por qué, alguien abrió ese libro en especifico es algo incontestable. ¿Fue ese el último libro que le leyó un hijo a su padre antes de morir? ¿Fue el primero que se leyó una madre en estado? ¿En qué barco navegaba el productor de la película cuando se decidió por fin abrir el libro del cual todos hablan? Peor aún, ¿dónde murió el libro? ¿En cual basurero, poceta o caja mohosa fueron a parar esos trozos de papel con letras impresas que un día fue tan solo una idea para alguien que se sentó a unir oraciones y que hoy constituyen su legado?

¿Cómo mueren los libros? Si acaso mueren del todo.-

Vivir en Caracas es para gente que toma Coca Cola normal

Cuando viajo fuera de Venezuela la pregunta más frecuente que me hacen es que cuando me largo. Siempre contesto: “¡Pero si acabo de llegar!” Toda mi vida he estado de acuerdo con aquella frase que dice que un huésped es como el queso que comienza a oler después de unos días y quizás mis anfitriones ya andan hartos de mí. Pero esa no es la intención de la pregunta, por supuesto. Ya estoy acostumbrado a que a donde quiera que vaya se me pregunte que cuando me largo de Venezuela.

He llegado a la conclusión de que una mentira blanca siempre ha sido la mejor respuesta. Siempre contesto: “Tengo pensado irme a España el año que viene”. No es verdad y no estoy totalmente seguro de que la gente se lo crea, pero por lo menos les alivia la respuesta. Verán, decir que no tengo planes inmediatos para salir de mi casa no solo causa alarma, sino también preocupación, asombro y descontento. No está de moda decir que uno se queda porque aquí es donde vive.

Yo comparo todo esto con la llegada de la Coca Cola Light a nuestras vidas. Cuando llegó el refresco sin azúcar no se llamaba así. Se le conocía simplemente como “Coca Cola de dieta”. Fue un fenómeno porque la gente en la onda fit (y el gordito consciente) todavía podían darse el gustazo de un refresco mientras contaba sus calorías. El marketing se aprovechó de ello, le cambió el nombre a algo más sexy como “Light” y se encargó de que la lata se montara cual Tongolele en el sitial de honor y destronara a la Coca Cola de toda la vida.

¿Qué sucedió? Que a quienes tomábamos Coca Cola nos comenzaron a fastidiar la vida. Los mesoneros se vieron obligados a preguntarnos: “Light o normal?” y nosotros a contestar que queríamos la “normal”, la de la gente gordita pues. El fenómeno de lo “light” fue tal que a nadie se le ocurrió que lo normal era llevar la Coca Cola con sabor original a la mesa y lo extraordinario era el dietético. Tal fue el éxito, que un día sencillamente dejaron de preguntar y simplemente asumieron que toda persona adulta siempre, siempre, siempre se tomaría una Coca Cola Light.

Nota: Si alguien no ha tomado refresco en su vida y no entiende esta referencia, sustituya “Coca Cola” por “gluten”. Es lo mismo.

Así ha ocurrido con el Plan B de la emigración en Venezuela. Ya que todo el mundo se fue, se asume que los que se quedan se van en algún momento. Cuando todas las noticias que salen de acá son fatídicas, lo anormal es quedarse. Por eso mi analogía con la Coca Cola light. ¿En qué momento lo normal se convirtió en lo extraordinario?

Ahora, ¿por qué miento? ¿Por qué creo que es mejor decir que me voy a España? Pues, porque no es fácil explicar que uno se quede inmóvil en un mundo que no es light. Cierto, vivo muerto de miedo, no sé cuándo será mi próximo asalto, voy al mercado a comprar mayonesa y no Mavesa y ya perdí la cuenta de a cuantos restaurantes no puedo ir porque no puedo costeármelos. La señal de Internet es una sugerencia, la luz va y viene y hoy el filtro de la nevera se dañó y sale agua amarilla. Mi cuenta bancaria es un chiste, mis proyecciones de vida dejaron de ser de seis meses y pasaron a ser de seis horas, y estoy más que seguro de que si a mí me dan la banda presidencial, yo haría cien veces mejor el trabajo de Nicolás Maduro.

¿Es horrible vivir en Caracas? Depende. No es fácil ver tu ciudad en llamas, ni manejar por un lugar donde hace apenas un par de horas asesinaron a un estudiante. No da gusto tener que salir a la calle a protestar y devolverte porque te bombardearon. Es triste sentirse aturdido por un silencio nocturno en una ciudad que siempre se caracterizó por ser bulliciosa. Pero no quiere decir que sea anormal vivir aquí. De hecho, es más normal de lo que se piensa. En toda guerra la gente nace, se gradúa y se casa. Caracas no ha dejado ni dejará de existir porque el chavismo la mató.

Un día normal en mi vida no tiene nada de extraordinario. Todas las mañanas me despierto y me hago un café. Miro al Ávila y a las guacamayas volar. A los periquitos les pongo cambur en el balcón, el cual no se comen porque debe ser que yo soy un nuevo inquilino y todavía no me tienen confianza. Observo los pocos carros que transitan y me pregunto cuál de ellos anda en una de carpool karaoke y cual otro está de mal humor. Me baño, me visto y me siento en mi oficina a escribir o cuando tengo radio, me voy a la radio. Almuerzo, duermo siesta. Pienso que debería subir el cerro, pero recuerdo que soy un flojo. Escribo un poco más, pienso en un chiste para Instagram, hablo con mis amigos en WhatsApp, me tomo una copa de vino blanco y veo la tarde caer. Si no me lo pienso mucho, salgo a un restaurante y si es viernes me voy a mi bar favorito. Me tomo mis traguitos y regreso a casa a dormir.

Y eso es lo que no me entienden afuera. Existe una normalidad tacita dentro del caos que suscitó todas las protestas y dentro de la escasez y la anti política. La gente sale. “No, Toto déjate de vainas, en Caracas no sale nadie”, me pueden decir. Es cierto, pero primero hay que definir “salir”. Si por salir significa hacer lo que yo hacía antes que me podía pasar por tres discotecas, terminar en un antro flamenco y después salir a la playa, mira pues no. Y tampoco estoy interesado en hacerlo. Se llama temor al ratón producido por la vejez. Algo que seguramente comparto con mucha gente de mi edad que vive afuera. Ahora, si por salir significa sentarse en un café a comerse un cachito o ir al cine a distraerse, mira sí. La gente así sale. Algo que también comparto con mucha gente de mi edad que vive afuera… mentira, afuera no hay buenos cachitos.

Claro, a todo eso hay que añadirle el pandemonio del bachaqueo, la ruta de la seda para buscar medicinas, la histeria que causa una cadena nacional cuando estás oyendo tu programa de radio favorito y el descenso a Mordor que significa entrar a Twitter. Eso es vivir en Caracas. Aquí se juega a ser normales, pero en realidad estamos todos locos. Y explicar eso es tan difícil como decirle a alguien que la Coca Cola Light no es lo mismo que la Coca Cola normal. Por más que te refuten diciendo que sabe igualito, uno sabe que eso no es verdad.

Pero bueno, así que España ¿no?