Las Narcopiñatas de Hoy

He asistido recientemente a una de las experiencias más terroríficas de mi vida. Me encantaría decir que fue una citación en el SENIAT por un error en la declaración de mis impuestos, una visita al proctólogo o una visita al mercado justo en el momento en que llegó la harina P.A.N. Nada de eso, he decidido que nada me ha dado más miedo en esta vida que acudir a las piñatas de hoy en día.

Yo no tengo hijos por lo cual mi presencia en una piñata es sospechosa. Algo así como Sascha Fitness en un McDonald’s. Lo que sí tengo es una abundancia de sobrinos en edad para festejar sus cumpleaños en fiestas infantiles y se espera que el tío asista, pues. Lo que no me espero de estas fiestas es darme cuenta de cómo han cambiado. Las piñatas de mi época eran seis imberbes intentando tumbar una figura de cartón que mi mamá insistía era el Pájaro Loco. Las de hoy llevan más producción que el video “California Girls” de Katy Perry y si no fuera por la respetable moral de sus padres, creería que estoy en una fiesta en casa del hijo de Pablo Escobar.

La primera diferencia que noto es en la invitación a la piñata. Antes uno iba a una librería y compraba una tarjeta donde decía “Te invito a mi fiesta” y rellenaba las casillas de la fecha, hora, y la dirección. Ahora, las invitaciones son una producción en tercera dimensión que escupen escarcha, tienen fondo musical y casi que te sacan la sangre. Algunas tienen indicaciones como “trae tus patines” o “ven en ropa cómoda”, aunque mi favorita de todos los tiempos sería: “no traigas a tu cargadora, trae a tu mamá y que no sea floja”.

Todas las piñatas vienen ambientadas con un tema. No es que Marcela Josefina cumple cinco años, es que la Princesa Marcela Josefina ha llegado a la edad casadera en el reino e invita a todas las doncellas a una tarde de té donde se harán masajes reductores, gozarán de servicios de peluquería, jugos detox y ayuda psicológica. Me parece chévere que el tema sea de princesas, ¿pero por qué las mamás se empeñan en regalarles a sus hijas una tarde típica de mujeres divorciadas?

Ni siquiera los juegos son como los de antes. Cuando yo era niño ponían siete sillas juntas y jugábamos a las sillas musicales. Nos vendaban los ojos y le poníamos la cola al burro; jugábamos a la ere; nos embadurnábamos de lodo; y cantábamos “Mi Amigo Félix” de Enrique y Ana como si estuviéramos en un concierto en El Poliedro. En las piñatas de hoy, los niños se montan en naves espaciales, tazas de té, carruseles, y montañas rusas. No lo critico, es solo que me doy cuenta de que yo nací en una era totalmente pichirre y que mi mamá era pobre.

Pero la mayor diferencia es la piñata. Madres, ¿puede existir una peor canción que “dale, dale, túmbala pa’l suelo, queremos caramelo?” ¿Dónde están los gritos violentos de mi época tipo “¡María Joaquina apártate que Félix te va a dar un palazo!” Y mi otra pregunta es, ¿por qué no se ha creado un sindicato infantil en contra de las cargadoras recoge regalos?

En mi época recoger los regalitos que caían de la piñata era un arte. Yo envidiaba a las niñas porque tenían falda y podían meter más cosas debajo de su vestido. Pero ahora me doy cuenta de que las cargadoras se lanzan en el juego y son unas dignas contrincantes de Los Juegos del Hambre. Miren, competir contra otros niños para agarrar pistolitas de agua, caramelos surtidos y serpentinas es una cosa. Pero tener que competir con una mujer adulta, vestida de santera, con uñas largas es como para voltearse a donde está tu mamá y decirle: “¿Qué haces ahí parada? ¡Ayúdame!”

Todo esto me parece terrorífico. Pero nada peor que los regalitos de salida que ahora, por niches, se llaman “cotillón”. Antes te daban un marca libros, un yo-yo o si era una fiesta de millonarios ecológicos, un pececito que se moría al llegar a tu casa. Pero ahora los niños salen de ahí con un sable de La Guerra de las Galaxias que funciona, una máscara africana traída de Namibia o las llaves de un apartamento en La Lagunita.

La mejor piñata que yo fui en mi vida fue la del un niño cuya madre nos mandó a todos a venir en traje de baño, nos dio un tobo llenos de bombitas de agua y dijo: “Destáquense”: Yo solo espero que con tanta parafernalia, producción y coreografía empleada, los niños de hoy gocen igual que yo disfruté mi infancia. A fin de cuentas, no son las piñatas a las que asistí las que recuerdo, sino lo mucho que gocé en ellas con tan poco material P.O.P.-

Créditos imagen: Rayma.

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El Plan Gianluca para gastarme 750 millones antes de morir

Un ticket del Powerball, la mayor lotería en los Estados Unidos, pegó los seis números que se necesitaban para lograr el jackpot y se ha ganado más de $750 millones, siendo el segundo mayor premio sacado en la historia de las loterías. Las probabilidades de que un ticket tenga los seis números es de 292.2 millones a 1, lo cual significa que eres tú versus el resto de la población estadounidense. Nadie ha reclamado el premio todavía, pero el ganador puede escoger entre un pago anual por 29 años hasta llegar a los 750 millones de dólares o una suma pagadera automáticamente más pequeña de $443.3 millones menos los impuestos federales y estadales.

Esa chorrera de real y yo que no me he ganado ni un pollito en una verbena.

Siempre he leído que lo peor que le puede pasar a una persona es ganarse la lotería porque se vuelven locos con la gastadera y en un par de años está en bancarrota. Pero no es para menos. Si tu salario no te da sino para hacer mercado con cupones y de repente te ganas un premio que te da para convertirte en el dueño del auto mercado y de la empresa que fabrica los cupones, pues se te vuelan los tapones. De la noche a la mañana tú pasas a ser un ciudadano común a convertirte en la envidia de un rapero.

Confieso que para mí todavía es un asombro tener un millón de algo. Hoy en día un millón de Bolívares son $59 al cambio negro y eso no es nada, pero te lo tienes que pensar a la hora de sacar la calculadora. ¿Puse todos los ceros ahí? Ya va, ¿esto son mil millones de los viejos? ¿Mil millones? ¿Entonces soy un millonario? No mi rey, eres un pela bolas igual que el resto. Termina de pagar la tarjeta de crédito es lo que es y ríndete.

Por eso no culpo al estadounidense que se sube la franela para que su lipa agarre sol mientras se toma una cerveza frente al tráiler donde vive por ganarse la lotería y convertirse en el sueño mojado de toda prepago. Yo sería peor que él. Yo sería Gianluca Vacchi. Richard Burton tenía una frase deliciosa sobre Elizabeth Taylor en sus años dorados cuando eran la pareja más rica del mundo: “Yo le enseñé a Liz lo que era la cerveza y ella me enseñó lo que era Bulgari”. Eso sería yo, un nuevo rico comprando clase.

Todo el mundo dice que uno debe ser generoso e invertir su dinero en obras caritativas. Y que bien por ellos pero esos limpios no se ganaron los 750 millones de dólares que me gané yo. Lo que yo haría sería darle un puñado a mi amigo más inteligente para que me los coloque por ahí como leo que hacen los millonarios, me mantenga un seguro de salud óptimo, me compre un mini planeta al que nadie le pare porque a mí me gustan los mini planetas a los que nadie le para, e invierta en agua porque leí que el tipo de la película “The Big Short” está apostando que el agua se va acabar. Todo eso me garantizaría un futuro estable mientras emprendo mi Plan Gianluca para Gastarme 750 Millones Antes de Morir.

Ese sería mi portafolio. Eso y una suite en el castillo de La Cenicienta en Walt Disney World. Sé que podría tenerla en el Castillo Neuschwanstein en Baviera, pero allá no hay hadas y a mí me gustaría que me despertase Campanita.

De resto no quisiera tener ni casas, ni yates ni aviones. Eso cuesta mantenerlo y es un fastidio ser Gianluca y que me digan que el avión está malo y no puedo volar hoy a Menorca. Así que yo sería más caritativo que Oprah y le regalaría a cada uno de mis mejores amigos una casa, un yate y un avión.

Yo sí compraría a mis amigos. Igualito estarían hablando mal de mí diciéndoles a los demás que “él era un limpio y ahora se jura la gran vaina” porque eso es lo que hacemos todos los pobres cuando alguien conocido se enchufa. Así que si van a hablar mal de mí que lo hagan en su casa de paquete, su yate de lujo y su avión privado, disponibles para mí cuando quiera. De esta manera no tendría que andar contratando gente para que me arregle las cosas. Sé que estaría contratando a mis amigos para que actúen como mis conserjes pero bueno, serían unos conserjes privilegiados. ¿Qué conserje tiene un yate? Los amigos de Toto.

También me compraría un país chiquitico. Solo para tenerlo tacita y echármelas en la ONU. Pero eso me quitaría tiempo de viajar así que mejor me compro Venezuela y se lo doy a Antonio Ledezma. Él sabría mantenerlo genial.

Siento que todo esto me está saliendo demasiado nuevo rico así que le echo un poquito de cultura al declarar que me gustaría visitar todos los lugares señalados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es más, me convertiría en el guía del tour de quinceañeras y me las llevaría en el avión que me prestaría uno de mis amigos para que se vinieran conmigo. ¿Pero eso no suena como de viejo verde? No. Les estaría haciendo un favor en la vida. Sus papás pagan una chorrera de real para que se vayan a conocer Europa por 30 días y lo único que hacen es aprender a tomar ron Malibu. Aquí tomarían Dom Pérignon.

También donaría de forma anónima a gente que siento necesita una ayudaita. Pero no a María Bolívar, sino a gente de verdad en aprietos. Les dejaría un sobrecito pegado al parabrisas en el carro y luego me escondería para ver su reacción cuando lo abren. Ahora que lo pienso, hay gente que necesita el dinero y que no tiene carro así que bueno, les regalaría un carro también para que puedan sacar el sobrecito del parabrisas.

Yo no sé si con todo esto me gaste los 750 millones de dólares. Creo que sí, pero todo lo que no use lo donaría a una gran biblioteca mundial antes de que caiga enfermo y me muera de viejito. Cuando muera, seguro me van a salir mil personas, incluyendo a mi papá, diciendo que ellos son fruto de un romance que tuve con una masajista en Tahití y ahí se va a armar la sampablera. Así que CERO real para mi papá y mis descendientes. El Plan Gianluca para Gastarme 750 Millones Antes de Morir no los incluye. A fin de cuentas, a mis amigos les regalé un yate, a las quinceañeras un viaje, y al resto de la población un país regentado por Antonio Ledezma. Si ustedes no supieron qué hacer con eso, allá ustedes. Yo contribuí.

Pero espero que alguien vaya a mi entierro porque la escena en El Gran Gatsby donde nadie va al funeral me pareció tristísima. Así que bueno, un millón al que llegue de primero al entierro. Y dos millones al ladrón que lo robe saliendo porque qué bolas tienes tú de ir a mi entierro solo por real.-

Una invitación a cenar

Cuando publiqué mi segundo libro La Hora Loca, mi abuela me organizó una cena con mis tíos abuelos pues estaba preocupada que nadie me compraría el libro. Este texto fue la reseña de cómo fue su invitación a cenar.

Mi abuela es un personaje. Antier me llamó a felicitarme porque ya pronto va a salir al mercado mi libro La Hora Loca. A la media hora me volvió a llamar para preguntar que dónde lo iba a vender. A los cinco minutos, volvió a repicarme para preguntar que cuánto me quitaban las librerías por cada libro vendido. A los cinco minutos, volvió a llamar a decirme que las librerías eran medio usureras por quitarme real. Le dije que éste no era el caso pero que también estaba la opción de la venta directa donde de verdad nadie me quitaba real. A los siete minutos llamó para preguntarme qué implicaba una venta directa. Le dije: “Familia”. A los quince, envió este correo a cuarenta personas:

INVITACIÓN A CENAR CON EL AUTOR TOTO AGUERREVERE (Y SU ABUELA)

“Están cordialmente invitados a cenar a mi casa el miércoles 20 a las 7:30, hora inglesa. Prohibido traer objetos tales como regalos o flores. Se sugiere venir con el trozo de papel higiénico que suelen utilizar en este lapso de tiempo. Si se les olvida no se preocupen. En secreto les digo que hay reserva suficiente. No comenten esto. Corro el riesgo de cárcel o asesinato si alguien se entera.

NORMAS DEL EDIFICIO: SUBIR EN EL ASCENSOR DE 2 EN 2. El ascensor es nuevo pero casi se echa a perder tanto o más que el viejo. No le gustan los gordos, por lo tanto le sugiero a (su hermano) que suba solo como lo hago yo.

NORMAS DE LA CENA: límpiese bien los pies antes de entrar y prepare el cerebro para acostumbrarlo a borrar al innombrable y a sus secuaces. Tengo que pagar 1000 BF cada semana para que la terapeuta desbarate los nudos que se me forman a causa de esos ………… Sorry, NO digo groserías piensen Uds. en las peores.

En el mueble de la entrada encontrarán un envase con unos papelitos. Tomen uno por persona. Prohibido intercambiarlos. Los puestos de las mesas son de primera, segunda y tercera categoría. Afortunadamente ya yo escogí el mío porque del suelo no me para nadie, tal vez una grúa.

La comida es hecha en casa. Las recetas están a la orden y las críticas… negadas.

Habrá suficiente licor a pesar de que la dueña que lo odia y solo toma Pepsi ligera. La música está prohibida debido a la falta de aparatos musicales.

Quienes estén interesados en adquirir el libro LA HORA LOCA por Toto Aguerrevere lo encontrarán aquí sin rebaja, ni siquiera para la abuela. Eso sí, con dedicatoria.”

Espero que disfruten la compañía, el gusto de estar juntos y sobretodo la comida. La casa está abierta los miércoles siempre y cuando los anaqueles de los supermercados nos lo permitan y ustedes, por supuesto, hagan su reservación con cuatro días de anterioridad.

Hasta pronto. Se reserva el derecho de admisión”.

¿Cuál libro mío? Con este correo el libro que yo me quiero leer es el que escribiría mi abuela. Su comedor es de doce personas. Van cuarenta. Gracias, La Gerencia.

De cómo Édgar Ramírez me enseñó a batir el chocolate

En el primer año de mi carrera en la Universidad Católica Andrés Bello tuve una novia. Era la primera mujer que conocía a la cual le gustaban las mismas cosas que yo: toda la discografía de Simon & Garfunkel, frases sueltas de libros pretenciosos y el drama. Mucho drama. Nos empatábamos frente a la estatua de Andrés Bello y terminábamos esa misma noche en una calle oscura de Los Chorros. Después negociábamos volver y a la semana ella me terminaba a mí en la terraza de su casa reprochándome sobre mi inmadurez. Ciertamente, yo tenía una franela con el logo de Superman en el pecho. Ella en cambio, dos amigas escondidas detrás de una cortina.

Así fue más o menos todo ese primer año. Los grupos de estudio se tenían que dividir porque ella y yo no podíamos estudiar juntos. Luego, el grupo de estudio se volvía a reunir porque ella era la única que sabía explicar lo que eran las obligaciones propter rem y si no estudiábamos con ella, no solo raspaba yo, sino que raspaba todo mi bando. Todo lo que ella hacía, inevitablemente lo terminaba haciendo yo. Un día ella fue a comprarse una planilla para presentar un examen del Modelo Harvard de Naciones Unidas en la universidad. A los veinte minutos bajé yo corriendo al Módulo 3 donde vendían esas planillas y me compré una.

Yo quedé en el equipo. Ella no. Ahí terminó nuestra historia de amor.

Ahí comencé una historia de amor conmigo mismo. El equipo de la Católica para el Modelo Harvard significó para mí un descubrimiento. No de lo que quería ser –en ese entonces, abogado- sino de quien era en ese momento a los veinte años. Cuando se tiene veinte, todo el mundo te pregunta qué vas a hacer después, nadie se preocupa en preguntarte sobre quién eres ahora. Harvard me regaló la oportunidad de cuestionarme todo y pensar en eso.

Entre filósofos que tenían teorías hasta del porno, comunicadoras que podían citar a Baudelaire en una oración y luego a Sandy y Papo en otra e ingenieros a los que les dabas un Q-tip y un teipe plomo y construían un centro comercial en la parte trasera de una Montero, eso era el paraíso. Que íbamos a salvar al mundo en cuatro días de un simulacro de Naciones Unidas no era un juego. Nosotros íbamos realmente a salvar el mundo.

Una de esas personas que conocí en ese mundo fue a Édgar Ramírez. Él había estado en el equipo el año anterior, el cual había sido importante puesto que era la primera vez que una universidad venezolana había recibido un Honorable Mention en la competencia. Édgar y los de esa delegación eran para nosotros a big deal. Gente grande, pues. Y aunque muchos de su delegación ya habían forjado su camino en pasantías o recobrado una fin de semana normal donde se iban a la playa, Édgar siempre encontraba la manera para venir a visitarnos en un domingo de reuniones y contarnos sobre su experiencia en el Modelo.

Una de las cosas que a todos nos marcó fue una frase que Édgar nos dijo a pocos días de irnos a Boston, donde se iba a celebrar la competencia: “Muchachos, es tiempo de batir el chocolate”. Con esto quería decir que o nos movíamos y hacíamos cosas maravillosas dentro de cada uno de nuestros comités, o la masa se quedaba fría. Eso se convirtió para nosotros en un mantra. “Estoy batiendo el chocolate en comité que te cagas”… “Batting the choco” nos decíamos mientras nos veíamos por los pasillos. Algo que suena gallo, pero que era necesario para darnos ánimo entre el estrés de lograr un puesto importante.

Perdimos big time ese año. Pero eso no nos importó. En parte gracias a Édgar entendimos que batir el chocolate significaba prepararse más que Rocky Balboa frente a Iván Drago. Al año siguiente volvimos y recuperamos ese Honorable Mention. Al otro, yo lideré el equipo que se ganó el primer premio en toda la competencia, primera vez que lo hacía una universidad no anglosajona. El chocolate no es que estaba batido, el chocolate ya era una marquesa.

Cinco, diez años después, ya todos somos gente grande. Mi novia de la universidad y yo somos grandes amigos. De vez en cuando la fastidio diciéndole que se casó con un tipo que se llama igual que yo porque nunca se pudo sacar ese clavo. Los filósofos, comunicadores administradores y en general gente que alguna vez tuvo el pelo verde o azul que me acompañaron en Harvard son gente que está salvando el mundo sin duda. Puede que algunas se sienten junto a Christiane Amanpour en CNN, puede que otros solo sean papás, pero yo no dudo por ningún segundo que en su closet tienen el traje de Los Increíbles. Yo dejé de ser abogado y ahora soy un, digamos respetable, buhonero. Y Édgar… pues ya todos sabemos en qué se convirtió Édgar.

Edgar RamirezHace un tiempo me topé con uno de los carteles de una campaña de Johnnie Walker  titulada “Desde El Futuro”, en la cual Édgar sirvió como embajador. Él sale solo en un fondo negro, con una única palabra: TRADUCTOR. El mensaje de la campaña es decirte desde el futuro que todo va a estar bien. No importa cuántos correos te falten por contestar, cuántas copias te manda a sacar tu jefe, si terminaste con tu primera novia o si tú estás leyendo esta entrada en mi blog a las cuatro de la mañana cuando deberías estar terminando tu tesis y no puedes más. Todo va a estar bien.

Me pareció que él había dado en el clavo con esa palabra que lo definió hace tiempo. Yo conocí a Édgar Ramírez mucho antes de que se metiera en el papel de Bodhi, Roberto Durán, Bolívar, Carlos, Cacique. Lo conocí cuando ni siquiera era traductor de idiomas, sino intérprete de motivaciones. Una tarde él le dijo a veinte chamitos: “Es tiempo de batir el chocolate”. Y ninguno de nosotros ha dejado de soltar esa paleta.-

Reglas para usar el columpio de Lucía

Recuerdo que cuando se fue mi hermana a vivir afuera con su familia hace muchos años, una de las cosas que más me preocupó fue la interrupción de mi vida con mis sobrinos. Había tanto que enseñarle sobre Disney y ahora todas las lecciones tendrían que ser por FaceTime. Este texto a continuación lo escribí el mismo día en que partieron.

 Esta mañana se ha ido mi hermana con los sobrinos a vivir afuera. La sensación es una mezcla entre “se fueron todos a un campamento de verano” y la pregunta que le hizo Forrest Gump a su mamá: “What’s vacation Momma? Vacation is a place you go and you don’t ever come back…” Quien haya dicho que el Plan B es la mejor opción del mundo claramente no consideró la posición del tío Toto.

Todo siempre es para mejor y la verdad es que como están las cosas aquí en Venezuela nos hemos debido ir todos. Es cuestión de hacer la maleta y dejar la puerta abierta tipo los Von Trapp cuando se largaron a Suiza. Pero yo creo que uno tiene que estar donde sea más feliz o donde pueda llegar a serlo. A veces nos toca aquí, a veces no. Y hay que aprender a vivir con eso.

600959_10151650102174769_1053086318_nLa patada es que con Lucy mi sobrina de dos años he hecho una amistad sensacional. Descubrió Disney recientemente lo cual es mi postgrado y eso ha implicado que podemos sentarnos a hablar horas sobre cómo Cruella de Vil en realidad es una villana que odiamos pero que es imposible no quererla un poquito y que Mary Poppins en realidad es la mejor mamá de todos los tiempos (cuando cumpla trece espero revelarle que a mi me parece que Mary Poppins estaba drogada todo el día).

Cosas como éstas las discutimos mientras yo mezo a Lucía en un columpio que está aquí en mi casa. Y es cierto lo de ella son más preguntas que afirmaciones pero es bueno saber que va por buen camino. No confía en Campanita, por ejemplo, pero el Capitán Garfio le parece lo máximo. A mí Campanita toda la vida me ha parecido una echona mientras que al Capitán lo comprendo. Peter Pan le cortó una mano y encima se la echó al bacalao. ¡Obviamente hay que aniquilar a Peter Pan! (esta parte tampoco se la he revelado).

La tragedia de su partida es que Lucía está preocupadísima por saber quién va a usar su columpio en su ausencia. Para enfrentar eso, ayer cuando nos despedimos acordamos un decálogo de reglas. Algo totalmente “Are you on the list?” de nuestra parte pero que me parece completamente justo. Si yo vivo en un mundo donde sea propietario de un columpio que no voy a ver todos los días también haría un contrato de arrendamiento. A esto fue lo que llegamos:

REGLAS PARA USAR EL COLUMPIO DE LUCÍA EN SU AUSENCIA

  1. La única persona humana que puede venir a usar el columpio es Manuela la prima solo porque es chiquita. Y solo porque adentro de su casa no hay columpios y a Lucy eso le parece tercermundista.
  2. Cenicienta puede venir a ver el columpio pero no se puede sentar porque es demasiado grande y no cabe.
  3. Cruella de Vil no solo está vetada del columpio, tampoco puede entrar a la casa. Lucy teme que se lleve a Eparquio el loro y se haga un abrigo. Si entra, Toto debe conjurar un hechizo para que se vaya.
  4. Pepito Grillo puede montarse en la cuerda del columpio pero Toto tiene órdenes de no mecer el columpio muy duro porque Pepito Grillo sale volando y luego hay que encontrarlo en el jardín.
  5. Si Toto ve a Campanita debe limpiarla inmediatamente por sucia. (Lucía no entiende qué es eso de que un hada echa polvo)
  6. El Capitán Garfio no puede sentarse en el columpio pero sí en una sillita junto al columpio. Y Toto debe notificar a Lucía inmediatamente si el Capitán Garfio entra a la casa porque ella se monta en el primer avión y se viene.
  7. La regla seis aplica igualmente con Mickey Mouse y Mary Poppins.
  8. La Bella y la Bestia no se merecen el columpio porque la Bestia da susto. Las Hadas Madrinas tampoco porque según Lucía ellas ya vuelan y eso es como darle el palo de la piñata al más grande de la fiesta.
  9. Pinocho y Alicia están en la lista de indecisos de Lucía por lo cual no se ha determinado si pueden venir a sentarse en el columpio. “¿Son grandes o son chiquitos?” Estoy de acuerdo. Ahora que lo pienso Alicia es como una pre-puberta con A.D.D. que no se sentaría en un columpio porque “o sea Lucy yo ya no quepo ahí… ay, mira ¡un conejo!”.
  10. El Tío T (alias yo) es el wachiman supremo del columpio de Lucía y todo lo no previsto en este decálogo deberá ser expuesto ante él en dibujo para su autorización. A menos de que sea el Capitán Garfio, en cuyo caso, y de aparecer en la casa, Toto debe entregarle todo poder dictatorial a él para que ejerza la administración del columpio de Lucía.

Muy sensato el decálogo de Lucía. Por lo menos me da algo que hacer mientras espero que algún día regrese.