La fe de vida no se da por Instagram

Tengo días, no mentira, meeeses esperando que se me dé un trabajo. Es el tipo de trabajo que tú sientes que te has preparado toda la vida para hacerlo y por fin Mercurio le dice chao al retrogrado y las cosas como que empiezan a darse. Y todo va bien, excepto que no te llaman.

No soy de los que anda poniéndoles un mensajito tipo: “Mira mi reina, ¿cómo pa’ cuando?” cada cinco minutos pero cuando en verdad pasa un tiempo sin que te llamen ya uno está soplando una fogata y haciendo señales de humo con una cobija navajo para hacerse notar. ¿Eso que antes decíamos “me dejaron en R”? Ahora es peor. Ahora te dejan en azul. Doble check.

Como no me llamaron yo decidí que no podía quedarme sentadito más en un sofá. Agarré mis cachachá como dicen las viejas (por cierto, ¿alguien sabe qué será un cachachá?) y me fui de viaje a Madrid por dos semanas. Una de ellas Semana Santa. Y como Karma es mi segundo nombre, mientras me amarraba mi cinturón de seguridad y me preparaba para escuchar las instrucciones de seguridad del avión, escuché un sonidito en mi celular.

Mensaje: (Potencial Trabajo de Toto): ¡Holaaaa querido!

Sus madres.

Obligado a apagar el teléfono, por nueve horas de vuelo me pregunté qué me habrían escrito más en el mensaje. ¿Tendría que regresarme de nuevo corriendo? Yo y los deportados. Pero nada más escribieron. Mi “Bueeenas” que le escribí de vuelta fue dejado en leído de nuevo y ahí fue cuando pensé: mis futuros empleadores en verdad necesitan un librito de etiqueta sobre como dar toooda la información en un solo mensaje.

Semana Santa pasó y volví a Caracas. Y ayer, de la nada, me vuelven a llamar. No queriendo extender el asunto, sencillamente giré el volante del carro que conducía y me fui a su oficina. Si iban a ignorar mi “Bueeenas” de nuevo, prefería que lo hicieran en persona. Y ahí me enteré de la confusión:

“Es que no te volvimos a llamar porque vimos por Instagram que te habías ido del país”.

Yo he oído excusas en mi vida pero Instagram es definitivamente la primera.

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Reviso mi historia de fotos y constato, tengo algunas fotos de mi viaje montadas. ¿Pero no las tiene todo el mundo? Ahí está la imagen del candadito que me cortó la Guardia Nacional para revisarme la maleta, yo paseando mi calva, yo debajo de una puerta petite porque en la Europa medieval si tú no eras “bite-size” no cabías en ningún lado. Incluso tengo la típica foto turista donde salgo saltando, porque eso es todo lo que hacemos los turistas.

¿Y por qué no puse una foto de mi regreso quiere decir que nunca más volví?

“¿Estás en Venezuela?” se ha vuelto la pregunta más frecuente que me hacen y ahora entiendo mi soledad y falta de trabajos. Y estoy francamente fastidiado del reality show que uno se crea por las redes sociales. Hemos llegado a un punto que el que no puso los piecitos en el piso Cruz-Diez de Maiquetía no se ha ido, mientras que el que decide posar frente a la Puerta de Alcalá en Madrid ya se fue. Créanme, ningún inmigrante serio va a retratarse frente a la Puerta de Alcalá. Y si lo hace esa persona regresa en dos semanas porque todos los cafés alrededor de ese monumento son carísimos.

Entonces vaya aquí mi fe de vida al que me esté buscando. Yo, Toto, buhonero intelectual, resido actualmente en Venezuela en la misma sillita de toda la vida. La mesa de té la boté porque me di cuenta que cuando todo el mundo está loco pues ya no vale la pena seguir buscando al Sombrerero.

Como todos, lo que sale en Instagram son cinco minutos de las 24 horas de mi día y si escojo poner una foto es por tres razones cuasi bíblicas:

instagram

Bajo ninguna razón pondría una foto para indicar mi situación de residencia porque hasta donde sé, yo estoy de turista en todo el globo terráqueo excepto en mi país (y aquí con los chinos y rusos me siento más tourist que nunca pero esa es otra historia).

Y esta fue mi frustración del día.

P.D. Potencial trabajo, si están leyendo esto: pero igual los quieeeero.

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Amigos en Adopción

Es muy común escuchar por estos días una frase como esta: “de nueve quedamos tres”. Dicha en contexto, la frase hace referencia a un grupo de amistades que ha visto a varios de sus miembros hacer sus maletas y tomarse su respectiva fotografía sobre el Cruz Diez en Maiquetía. Situaciones que pasan, pues. Y si bien es cierto que tenemos todas las redes sociales y comunicaciones a nuestra disposición, a veces los nueve amigos juntos hacen falta un martes por la noche para sentarse a hacer algo tan trivial como un rompecabezas de cuatro mil piezas.

Haciendo una retrospectiva de mi vida, me he dado cuenta de que yo he tenido nueve grupos de amigos. Algunos en paralelo (cosa que ennerva al otro grupo), otros que van desapareciendo y creándose a medida que crezco.

Mis amigos actuales hablan mucho del llamado “saturnazo”. Ese donde cada siete años te cambia la vida. Eso es cierto, hay un estudio que dice que cada siete años uno pierde a la mitad de sus amigos cercanos, reemplazándolos por otros. Eso me pone a pensar en aquella camisa de 5to Año de bachillerato donde todos te firman algo como recuerdo. Todas dicen lo mismo: “Amigos para siempre” y “Nunca cambies”. En contadas ocasiones, la primera frase se cumple. La última frase, sin embargo, es la falacia más grande de todos los tiempos porque querámoslo o no todos cambiamos.

La gravedad de la situación actual es que el cambio de amistades se está dando por circunstancias ajenas a episodios conocidos como que vives muy lejos, tenemos vidas distintas, estás criando muchachos o criando resacas. Un factor externo basado en la situación política acelera el cambio. Qué bien que estás en Weston, pero en verdad ¿qué tanto me puedes contar sobre Weston hasta que no tengamos más nada en común?

Los amigos, amigos son. No importa la distancia. Hay gente que yo no he visto en diez años y los considero mis hermanos. Y es cierto, son irremplazables porque siempre te van a llevar a ese momento de vida que fue compartido y que se considera especial. Pero también es cierto que uno no se puede quedar solo en la vida. Puedes conseguir al amor de tu vida, pero también necesitas amigos. Y comenzar ese proceso de casting, -vamos, que hacer amigos es un casting en si mismo- con más frecuencia ahora que nunca se puede volver agotador.

Yo soy proclive a la adopción de amistades. Cada persona que se va de Venezuela debería poner en adopción a su mejor amigo que se queda. Ejemplo, Pedro tiene un mejor amigo llamado Carlos cuyos intereses son películas de los ochenta, la música de Los Beatles y el Real Madrid. Odia los sándwiches de jamón con mayonesa pero ama la ensalada César y piensa que si una botella de vino se abre es para tomársela integra.

Bueno, Pedro debería subastar a ese amigo en Facebook para que alguien con intereses similares lo adopte. Pedro siempre será amigo de Carlos pero va a necesitar a alguien que lo cuide en su ausencia. Hacer un casting para dejar a Carlos con alguien que jamás le tumbe el puesto, pero que por lo menos le garantice que no se va a quedar como un Niño Perdido de Peter Pan. Es como si Chandler Bing se muriera y no dejara instrucciones para ver qué se hace con Joey Tribbiani. Eso no se hace en el mundo de la amistad.

Es medio chulo, pero la adopción de amistades no es una mala idea en estas épocas donde más que un país estamos dejando también a un hermano atrás. Por lo menos cuando se diga “de nueve quedamos tres” también se puede decir “pero lo dejé cuidado con un partidazo de amigo nuevo que le conseguí”.-

Predicciones (Para cuando lo que ya está color de hormiga se ponga color de hormiga)

Todos los años, la revista Todo en Domingo que viene encartada en el diario El Nacional publica las predicciones de la astróloga Adriana Azzi para Venezuela. Sus visiones sobre el futuro del país siempre son tan confusas que yo tengo que leerlas  con un diccionario y un tesauro al lado. Pero el mejor indicativo de que estamos pasando por una etapa nefasta en este país ni siquiera me lo dan las predicciones de esta vidente sino su ubicación geográfica. Estamos tan mal que ni Adriana Azzi vive en Venezuela. Eso ya nos dice todo.

Ella siempre dice queva a haber guerra, trifulca, abuso de poder, corrupción y cárcel. Nada nuevo. De hecho, todo lo que escribe en cuatro páginas en realidad se puede resumir en la siguiente frase: “Si usted tiene la posibilidad de conseguirse un Valium y despertarse el año que viene, tómeselo”.

Azzi jamás ofrece una noticia positiva, ni siquiera que vamos a ganarnos una corona de belleza lo cual los videntes siempre lanzan porque es casi seguro de que esa la pegan. Azzi da profecías terribles de las cuales solo hace falta ver una cola de supermercado para saber que ni siquiera son videncias sino realidades.

Lo que yo noto en estos tiempos en Venezuela es una tensa calma. Es como ese momento en las relaciones de pareja donde uno ya huele que se viene un peo. Uno no sabe por qué, ni cómo, ni cuándo, ni dónde, pero esa trifulca viene más seguro que la fractura de fémur de una abuela que detesta los bastones porque según ella se siente pava. Eso mismo es lo que sucede, todos presentimos que Venezuela se va a batir en cualquier momento. Y no es el fémur lo que se va a fracturar.

En vísperas de esa trifulca y de llegarse a dar, me atrevo a lanzar mis propias recomendaciones sobre las predicciones que seguramente hacemos todos. No lanzo cartas para hacer estas aseveraciones porque no soy vidente sino un bloguero haciendo tiempo antes de almorzar. Así que estas predicciones/recomendaciones tienen un 99% de error y deben ser leídas a su propio riesgo.

Eso sí, lo único que me he permitido es escoger mi nombre de vidente porque tener un nombre de vidente es cool. Así que les presento al Profeta Toto Melquiades Mefistofeles Nicanor de Los Santísimos Arcos Dorados de McDonalds.

Mis predicciones/recomendaciones son las siguientes:

Empátese y arrejúntese: Lo que nadie dijo de las protestas es que hubo una clase importante de reprimidos sociales. Los solteros sufrieron meses de escasez sexual y romántica ante la imposibilidad de conocer gente nueva por la encerrona. Para evitar esto, mi recomendación es que usted se busque a una pareja YA. No importa que no sea de su gusto, agrado o que esté obesa o sea feo. Tener a alguien en los meses de trifulca va a ser necesario porque los países se pueden ir a la carraplana pero la necesidad de sexo es eterna. Procure arrejuntarse con alguien de su zona para evitar la distancia.

Véale el lado positivo a la escasez: Sascha Fitness también estará muerta de hambre así que sus posibilidades de envidia a los cuerpos ajenos se reducen. La escasez lo que va a crear es aceptación con su propio cuerpo y se dará cuenta de que desear por tener medidas 90-60-90 no es tan importante como conseguir comida adecuada para su alimento diario.

Olvídese de ciertos regalos de matrimonio: Por alguna razón ilógica en este país donde no hay nada, las fiestas de matrimonio continúan y se han vuelto más apoteósicas. Mis videncias me dicen que eso va a ser como los músicos del Titanic y yo mismo celebraré a los primeros novios que tengan la conciencia de irse a casar a la jefatura civil con almuerzo posterior en El Mundo del Pollo porque la masa no está pa’ bollo. Pero hasta en la pobreza hay que regalar. Regale presencia y abrazos. Eso es mejor que una tortera.

Perdone: Esto viene en consonancia con la falta de gente en Venezuela. Llegó la hora de ver quién queda aquí y hacer las paces con aquellas personas que tuvieron un impasse con nosotros en el pasado. ¿Qué la mosquita muerta esa le montó los cachos a su marido? ¿Qué el del Piso 6 le rayó el carro con su Twingo? Perdónelos. Haga borrón y cuenta nueva con sus relaciones porque el día de mañana si hay que escapar, seguro les toca en el mismo barco. Y estar peleado en un barco es un cliché. Si la paz llega a Venezuela, pues peléese de nuevo porque en verdad esa mujer monta cacho es tremenda zorra. Pero en estos momentos, hay que hacer pactos de no agresión.

Lea “Rebelión en La Granja” de George Orwell este año y déselo a toda su familia: No importa si su familia es más bruta que la familia de Honey Boo Boo, hágase un favorcito y vayan a comprarse este libro para que entiendan bien la magnitud de problema en la que estamos metidos. Necesitamos que este año no quede ni un venezolano por ahí diciendo que es apolítico. Llegó la hora de reafirmar nuestra voluntad democrática en familia. También es bueno que se compre un manual llamado “Cómo Fabricar Velas” porque mire, de repente se va la luz y con todo el movimiento para beatificar a José Gregorio tampoco hay velones.

Haga un tiempo para la política y otro para la vida en familia: Con las protestas hasta un infante de 6 meses sabía pronunciar “Fernando del Rincón”. Y si bien es importante estar informado, a pesar de que aquí son pocos los medios que informan, también es necesario hacer vida familiar. Los niños no son tontos y saben que estamos malísimos. Pero usted no creció todo el día oyendo que Carlos Andrés Pérez era un desastre o que Luis Herera Campins era un come Torontos. También hablaba de Lila y del Puma. Busque al Puma y enseñe a su hijo lo que es cantar “Pavo Real”. La verdad es que todo esto será tan solo un párrafo en cualquier libro de historia, pero El Puma… El Puma is forever.

No diga la frase “Esto es un país de mierda”. La mierda somos nosotros: El Cerro Ávila y los Morros de San Juan han visto de todo y no tienen la culpa de que nos dejamos meter gato por liebre todo este tiempo. Luche, vote, proteste, cambie, lidere y decida el porvenir político de su país siempre que tenga la oportunidad de hacerlo. Pero no olvide darse cuenta de que los araguaneyes comenzaron a florear y que las guacamayas todavía vuelan sobre los cielos. Importante tomarse diez segundos de su día para ver que eso no es tan mierdoso y que bien vale la pena pelear por quedarse para siempre en Venezuela.

Haga un horario telefónico con su suegra o su abuela o la que sea más metiche para que no los vuelva locos: En las trifulcas esas doñas llaman a toda hora y usted no tiene tiempo de ser recepcionista de los malos presagios. Cuadre un horario conveniente y haga que se respete. Y si la suegra o la abuela no llama a esa hora, por amor al Cristo ¡llame a usted! No vaya a ser que la suegra o la abuela se haya despachado.

Almacene. No acapare, sino almacene: Lea la fábula sobre las hormigas y el saltamontes de Esopo. Hay que prepararse para el invierno, sea inteligente con sus enlatados. Y con la caña… En algún momento se va a tener que echar un palo ya sea en desespero o en celebración. Tenga su botella por si acaso.

Prepárese para el comienzo: De repente no es este año, ni el próximo ni en tres. Pero todas las revoluciones se acaban (salvo la del bikini) y vamos a necesitar que gente como usted diga exactamente lo que quiere de sus mandatarios. El problema de este gobierno es que definen al pueblo como un grupo de ciudadanos que no somos ni usted ni yo. Eso se acaba en el comienzo. Y es mejor estar preparado para volver a sentirse pueblo, por fin y de una vez.

Sonría: Vive en el mejor de los tiempos y en el peor de los tiempos. Sus antepasados se murieron que si de gripe.

 

Sírvete siempre un whisky perfecto

Sírvete siempre un whisky perfecto. Cómete solo los salvavidas rojos. Llévate un puñado de maníes a la boca sin que te dé pena recoger el que cayó en la solapa. Métetelo en la boca igual. No duermas con el celular en la mesa de noche. Fúmate el último cigarrillo y déjalo de una buena vez por todas. Sal afuera y quédate ciego con el Sol, con la Luna, con esa dama de noche que solo abre por seis horas. Nada es eterno, acéptalo. Corre la distancia porque te provoca, no porque los demás lo hagan.

Recuerda más cumpleaños que rutinas de dieta. Usa interiores extravagantes. Cámbiate las medias mojadas. Lee libros que te transformen. Atrapa una rana. Súbele el volumen a la radio. En la privacidad de tu hogar eructa como los grandes y escupe como un beisbolero. Fuera de tu casa, procura ser el mejor caballero. Di por favor siempre. Llama a la gente desconocida “señor” o “señora”. Sonríe, la vida es una cámara escondida. Da propina porque te dieron el mejor servicio del mundo, no porque es lo que suele acostumbrarse. Cuando se presente la oportunidad, lame la sal, trágate el tequila, chupa el limón, pon una cara de grima y abraza al que está al lado tuyo. Por alguna razón eso es tremendo selfie.

Jamás pidas un descuento en seguro de vida. Besa a las mujeres. Besa a los hombres. Decide cuál de todos te gusta más. Jamás pierdas la oportunidad de bailar una canción de Michael Jackson. Tus pies se movían debajo de la mesa de todas maneras así que lánzate a la pista de baile y haz el completo ridículo. Ten siempre un hobbie, un deporte, un chiste y una canción. Ten todo lo que sea gratis. Las mejores cosas en la vida no cuestan dinero y el problema es que pensamos lo contrario. Aprecia la belleza pero aplaude a cualquier mujer que se levante a decir: “¡Son de verdad y son espectaculares!” Eso es una tremenda lección de auto-estima.

Aprende a amarrarte una corbata perfecta, aféitate con placer y canta en la ducha. Gánate un premio, así tengas que imprimirlo tú mismo. Nunca nos damos suficiente crédito. No te vuelvas insoportable ni te pongas nervioso con los cumplidos. La mejor manera de aceptarlos es diciendo “gracias”. Haz huevos revueltos. No te enrolles si se te quemó el pan tostado. La vida no es siempre justa, el cocinar tampoco debería serlo. Las celebridades existen porque tú quieres. Compra las revistas donde ellos salgan pero jamás desees tener su vida. Ellos la intercambiarían con la tuya en un segundo si eso significara no tener que salir en la portada de una revista por un chisme inventado. Aniquila a las cucarachas pero no cuentes con su extinción. Ama la política. Odia la indiferencia. Siéntate en un banco público a ver a la gente pasar. Termina de botar esa camisa estampada que jamás te vas a poner. Invierte todos tus reales en una buena correa.

Guarda tus objetos valiosos en un lugar seguro. Deja las galletas en un lugar visible. Conversa con el taxista. Aprende a jugar dominó. Termina de decidir si detestas la ópera. Descubre cuál es tu trago. Reconoce la labor de los limpiabotas, es una profesión que va a morir prontamente. No te molestes en dejar un mensaje de voz, nadie lo escucha. No tomes y escribas mensajes de texto, escribe mensajes de texto y luego toma. O mejor, llama y toma. Eso muestra determinación en tu conquista. Dale duro al bate. Así no conecte con la bola dale lo más duro que puedas. Supera el bachillerato. El bully trabaja en publicidad, la más popular metió la pata y ahora es una mamá del fútbol. La vida continúa. Así tu anuario diga lo contrario.

Jamás te disculpes por enviar flores. Nunca son demasiado, ni siquiera para los muertos. Hay dos puertas en la vida que te van a dejar pasar: una que dice “hale” y otra que dice “empuje”. Actualiza tu currículo; morirás de la risa al ver qué tan mal disfrazabas tus previos fracasos. Deja de atormentarte y cómete la maldita galleta. No asesines los sueños ajenos. La persona que menos piensas es la que va a terminar escribiendo el best-seller. Vas a querer ser un personaje en ese libro. Acuérdate de tu maestra en primer grado. Te enseñó a leer y a escribir. Con la posible excepción de un hijo, nadie más te dará un mejor regalo.

No uses pantalones que no tengan bolsillos. Un bolsillo es un óptimo escondite para guardar pequeños tesoros urbanos. Ama el sonido de la chola, significa que estás caminando. Ten la absoluta certeza que atender el celular en un cine, así sea para ver un chat, le molesta a alguien sentado detrás. No le arruines su experiencia. Concentrate. Arranca la camisa como un salvaje pero ten delicadeza con el sostén. Los hombres no tenemos un interior especial, las mujeres aparentemente sí. Mira hacia ambos lados y recuerda que el camino de ladrillos amarillos no lleva a ningún lado en especial. Oz no tiene nada que ofrecerte. Tu hogar sí. Regresa a casa tantas veces puedas sin que eso te detenga de salir a buscar una nueva aventura.

Reza. A Dios o a Mick Jagger, no importa. Uno de ellos tiene la respuesta, tú decides. Detente en la tarde en la que estés más apurado a oír por tan solo segundos la música de algún violinista callejero. No encontrarás minuto más bello en ese día.

Invita a amigos a tu casa por un trago con frecuencia. Sírveles el whisky de la manera más perfecta que puedas y dales el brindis más especial de todos. Sé curioso con sus historias y reflexivo con sus lamentos. Ocúpate de gozar y por sobre todas las cosas de sonreír. Si vas a acostarte pensando en lo peor de tu día, también procura en pensar sobre lo mejor de tu día. Quizás fue ese trago, de repente el violinista, o tan solo pudo ser ese maní que encontraste en la solapa lo que te contentó. Todos los días hay algo por el cual debemos estar agradecidos. Acéptalo. La vida es espectacular y no dejes que nadie te diga lo contrario. Mucho menos aquellos que jamás se molestan en servirse un whisky perfecto.-

Crédito de la foto: Anabella Padula.-

El peor cocinero del mundo reza después de cenar

En toda parrilla siempre hay un cocinero estrella que suda frente a la brasa. En la cocina está su mujer preparando un guacamole y mentando madre porque hoy, de todos los días, le inventaron organizar un almuerzo en casa. En una mesa los amigos pican chistorras, en otra, las amigas pican cebollas y parado ahí al lado del cocinero en la parrilla está un hombre que solo pica el ojo con el humo.

A todas luces, ese hombre aparenta que está haciendo algo, tipo ventilar las moscas o pasarle cuchillos al chef. Pero en realidad ese tipo no hace nada. No va a cortar la carne, ni entrará a la cocina a preparar una salsa. Ni siquiera va a sugerir ponerles más mantequilla a las papas horneadas. Solo está ahí para que la gente crea que hace algo. Es un mero inútil hambriento que se ve en toda parrilla. Lo sé porque ese hombre soy yo.

Admito que la cocina no se me da. He intentado cursos, visto programas como Master Chef y tengo en mi posesión tres copias del libro “Cocina Para Tontos”. Pero no importa cuánto trate, cualquier plato que yo prepare es digno de ser fotografiado para formar parte de la sección de “fails” en Pinterest. Para mí un plato gourmet es un sándwich de queso de cabra aplastado en la tostadora. Lo que más amo hacer para la cena es una reservación en un restaurante y jamás lo admitiría en público pero yo fui el que una vez preguntó que quién era María y por qué insistían bañarla en la cocina.

Si tengo que cocinar lo hago por supuesto. Solo necesito paciencia, determinación y el teléfono de los bomberos. Tampoco soy el muerto de hambre que ve el Gourmet Channel y lame la pantalla del televisor… Está bien, lo hice una vez pero fue solo porque Narda Lepes hizo langosta al termidor. Puedo cocinar alimentos básicos como huevos, pastas, perros calientes y ensaladas. Una vez me dio por hacer un soufflé. Digamos que fue un “suflimiento”.

Y es cómico porque la vida me ha dado ciertas señales de que soy malísimo en el departamento culinario. Mi mejor condimento, me han dicho, es el antiácido. En mi casa se reza después de cenar. Y es duro darse cuenta de que mientras todos los hombres reciben de regalo un delantal que dice “El Mejor Chef del Mundo” a mí una vez me regalaron uno con la imagen de la “Virgencita Plis”.

Mi conclusión es que los libros de cocina no me comprenden. Yo leo una receta como puedo leer el libro Los Juegos del Hambre: sé que ninguna de las dos pasará en la vida real. No eres el peor cocinero del mundo hasta que no hayas hecho sonar dos huevos como unas maracas porque la receta decía: “bata dos claras de huevos”. Y ese es mi problema, cuando una receta te recomienda hornear hasta que esté dorado, siempre pienso: “¿qué tan dorado estamos hablando?” ¿Dorado tipo un McNugett o dorado tipo Paulina Rubio?

Por eso es que me abstengo de cocinar platos complicados. Mi rosbif término medio sería con toda seguridad más duro que la Piedra del Cocuy y mi único intento de preparar un pie de limón terminó siendo un frisbee para mis perros. Por lo menos mi familia está clara en una cosa. Cada vez que nos reunimos para hacer una parrilla, mi hermano pone la carne, mi mamá pone las caraotas, y yo siempre pongo la torta.

Por eso es que la próxima vez que vean a un hombre parado junto al comandante parrillero, sepan que no está haciendo nada por una razón completamente válida. Inmiscuirlo a él en los preparativos de un almuerzo siempre implicará un viaje posterior a la clínica. Como me dijo mi amigo Raúl, insigne chef de carnes en la última parrilla a la que acudimos: “Tú solo dedícate a echarme cuentos, inútil que del resto me encargo yo”.-

La vida póstuma de un libro despedido por su autor

“Anoche soñé que volvía a Manderley”. Me intrigan las razones por las cuales se escriben los libros. Lewis Carroll mandó un conejo por un hueco para entretener a Alicia, Isabel Allende comenzó una carta para su padre que terminó siendo La Casa de Los Espíritus y J.K. Rowling, desesperada y sin real, anotó los primeros trazos de Harry Potter y la Piedra Filosofal en una servilleta.

Creo que atreverse a escribir un libro es darse el tupé de jugar a ser Dios. El autor hace que amanezca y oscurezca en su novela. “La botella de Black Label parecía normal y fuera de lugar, como el único hombre de esmoquin en un baile de disfraces” es una frase de Graham Greene que te pone en contexto; el protagonista de Viajes Con Mi Tía detesta los disfraces. Solo un autor puede hacer eso. Es él quien emprende la aventura de conectar acciones para que la protagonista se asome al balcón, el pirata ensanche la espada o el marciano ataque la Tierra.

En la mente del escritor se desarrolla una gran obra de teatro que une memorias con secretos no confesados y realidades con inventos. Lentamente se teje una trama en la cual pareciera que los protagonistas simplemente le dictan las palabras a tal punto que el escritor no puede distinguir si algún diálogo se le ocurrió a él o si lo oyó en otra parte. “Cuando estás enamorado a veces no es necesario hacer nada para saber que sí lo estás”, escribe Boris Izaguirre en Villa Diamante. ¿Dónde escuchó algo parecido la primera vez?

Así va el autor, crea un mundo inexistente hasta que llega el terrible o necesario momento donde, entre lágrimas o en venganza, se despide de su libro con “Amaba al Gran Hermano” como termina Orwell su 1984 o lo deja como un tal vez volveré. Con Gatsby ya ahogado en la piscina, Fitzgerald termina su novela homónima escribiendo: “Y así seguimos, adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”.

De ahí en adelante ya ese libro no es del autor. Le pertenece a aquel lector que tenga la audacia de abrirlo. Sobre su mejor novela El Padrino, Mario Puzo dijo una vez: “Desearía haberla escrito mejor”. Eso es la desgracia de crear un mundo ficticio, tarde o temprano querrá el escritor volver a ser Dios para arreglarlo. Pero no tiene arreglo porque vive en las mentes de otros.

Es el público quien juzga a los personajes, los condena o los vanagloria. Holly Golightly es una prostituta y aun así sentimos pena por ella. Hércules Poirot es un sabiondo que termina siendo el asesino y todavía queremos una aventura más con él. En eso nada tiene que jugar el autor. Puede traer nuevas descripciones como lo hizo J.K. Rowling cuando años después sacó a Albus Dumbledore del closet y confesó que su gran amor fue Gellert Grindewald. Pero hay historias que terminan porque deben. Margaret Mitchell siempre dijo que jamás supo si Scarlett volvía con Rhett. La audiencia piensa de otra manera.

Lo que sí comienza para un libro ya publicado es su propia aventura. Una en la cual se posa sobre estanterías, se deja olvidado en bancos o pasa de mano en mano. Cada ejemplar tiene una vida propia y un destino que puede ser el rayado, el manoseo o el casto pecado de nunca ser sacado de su envoltura. El libro viaja con su compañero, duerme en mesas de noche, recibe a regañadientes un doblez sobre sus hojas y con gusto un fino marca libros. Es disfrutado, detestado, bostezado o criticado. Y una vez terminado comienza una nueva aventura, esperando que otro, o quizás su dueño original, vuelvan a escaparse entre sus letras.

Para un escritor las aventuras de sus libros son inimaginables. El cómo, dónde, cuándo y por qué, alguien abrió ese libro en especifico es algo incontestable. ¿Fue ese el último libro que le leyó un hijo a su padre antes de morir? ¿Fue el primero que se leyó una madre en estado? ¿En qué barco navegaba el productor de la película cuando se decidió por fin abrir el libro del cual todos hablan? Peor aún, ¿dónde murió el libro? ¿En cual basurero, poceta o caja mohosa fueron a parar esos trozos de papel con letras impresas que un día fue tan solo una idea para alguien que se sentó a unir oraciones y que hoy constituyen su legado?

¿Cómo mueren los libros? Si acaso mueren del todo.-

Vivir en Caracas es para gente que toma Coca Cola normal

Cuando viajo fuera de Venezuela la pregunta más frecuente que me hacen es que cuando me largo. Siempre contesto: “¡Pero si acabo de llegar!” Toda mi vida he estado de acuerdo con aquella frase que dice que un huésped es como el queso que comienza a oler después de unos días y quizás mis anfitriones ya andan hartos de mí. Pero esa no es la intención de la pregunta, por supuesto. Ya estoy acostumbrado a que a donde quiera que vaya se me pregunte que cuando me largo de Venezuela.

He llegado a la conclusión de que una mentira blanca siempre ha sido la mejor respuesta. Siempre contesto: “Tengo pensado irme a España el año que viene”. No es verdad y no estoy totalmente seguro de que la gente se lo crea, pero por lo menos les alivia la respuesta. Verán, decir que no tengo planes inmediatos para salir de mi casa no solo causa alarma, sino también preocupación, asombro y descontento. No está de moda decir que uno se queda porque aquí es donde vive.

Yo comparo todo esto con la llegada de la Coca Cola Light a nuestras vidas. Cuando llegó el refresco sin azúcar no se llamaba así. Se le conocía simplemente como “Coca Cola de dieta”. Fue un fenómeno porque la gente en la onda fit (y el gordito consciente) todavía podían darse el gustazo de un refresco mientras contaba sus calorías. El marketing se aprovechó de ello, le cambió el nombre a algo más sexy como “Light” y se encargó de que la lata se montara cual Tongolele en el sitial de honor y destronara a la Coca Cola de toda la vida.

¿Qué sucedió? Que a quienes tomábamos Coca Cola nos comenzaron a fastidiar la vida. Los mesoneros se vieron obligados a preguntarnos: “Light o normal?” y nosotros a contestar que queríamos la “normal”, la de la gente gordita pues. El fenómeno de lo “light” fue tal que a nadie se le ocurrió que lo normal era llevar la Coca Cola con sabor original a la mesa y lo extraordinario era el dietético. Tal fue el éxito, que un día sencillamente dejaron de preguntar y simplemente asumieron que toda persona adulta siempre, siempre, siempre se tomaría una Coca Cola Light.

Nota: Si alguien no ha tomado refresco en su vida y no entiende esta referencia, sustituya “Coca Cola” por “gluten”. Es lo mismo.

Así ha ocurrido con el Plan B de la emigración en Venezuela. Ya que todo el mundo se fue, se asume que los que se quedan se van en algún momento. Cuando todas las noticias que salen de acá son fatídicas, lo anormal es quedarse. Por eso mi analogía con la Coca Cola light. ¿En qué momento lo normal se convirtió en lo extraordinario?

Ahora, ¿por qué miento? ¿Por qué creo que es mejor decir que me voy a España? Pues, porque no es fácil explicar que uno se quede inmóvil en un mundo que no es light. Cierto, vivo muerto de miedo, no sé cuándo será mi próximo asalto, voy al mercado a comprar mayonesa y no Mavesa y ya perdí la cuenta de a cuantos restaurantes no puedo ir porque no puedo costeármelos. La señal de Internet es una sugerencia, la luz va y viene y hoy el filtro de la nevera se dañó y sale agua amarilla. Mi cuenta bancaria es un chiste, mis proyecciones de vida dejaron de ser de seis meses y pasaron a ser de seis horas, y estoy más que seguro de que si a mí me dan la banda presidencial, yo haría cien veces mejor el trabajo de Nicolás Maduro.

¿Es horrible vivir en Caracas? Depende. No es fácil ver tu ciudad en llamas, ni manejar por un lugar donde hace apenas un par de horas asesinaron a un estudiante. No da gusto tener que salir a la calle a protestar y devolverte porque te bombardearon. Es triste sentirse aturdido por un silencio nocturno en una ciudad que siempre se caracterizó por ser bulliciosa. Pero no quiere decir que sea anormal vivir aquí. De hecho, es más normal de lo que se piensa. En toda guerra la gente nace, se gradúa y se casa. Caracas no ha dejado ni dejará de existir porque el chavismo la mató.

Un día normal en mi vida no tiene nada de extraordinario. Todas las mañanas me despierto y me hago un café. Miro al Ávila y a las guacamayas volar. A los periquitos les pongo cambur en el balcón, el cual no se comen porque debe ser que yo soy un nuevo inquilino y todavía no me tienen confianza. Observo los pocos carros que transitan y me pregunto cuál de ellos anda en una de carpool karaoke y cual otro está de mal humor. Me baño, me visto y me siento en mi oficina a escribir o cuando tengo radio, me voy a la radio. Almuerzo, duermo siesta. Pienso que debería subir el cerro, pero recuerdo que soy un flojo. Escribo un poco más, pienso en un chiste para Instagram, hablo con mis amigos en WhatsApp, me tomo una copa de vino blanco y veo la tarde caer. Si no me lo pienso mucho, salgo a un restaurante y si es viernes me voy a mi bar favorito. Me tomo mis traguitos y regreso a casa a dormir.

Y eso es lo que no me entienden afuera. Existe una normalidad tacita dentro del caos que suscitó todas las protestas y dentro de la escasez y la anti política. La gente sale. “No, Toto déjate de vainas, en Caracas no sale nadie”, me pueden decir. Es cierto, pero primero hay que definir “salir”. Si por salir significa hacer lo que yo hacía antes que me podía pasar por tres discotecas, terminar en un antro flamenco y después salir a la playa, mira pues no. Y tampoco estoy interesado en hacerlo. Se llama temor al ratón producido por la vejez. Algo que seguramente comparto con mucha gente de mi edad que vive afuera. Ahora, si por salir significa sentarse en un café a comerse un cachito o ir al cine a distraerse, mira sí. La gente así sale. Algo que también comparto con mucha gente de mi edad que vive afuera… mentira, afuera no hay buenos cachitos.

Claro, a todo eso hay que añadirle el pandemonio del bachaqueo, la ruta de la seda para buscar medicinas, la histeria que causa una cadena nacional cuando estás oyendo tu programa de radio favorito y el descenso a Mordor que significa entrar a Twitter. Eso es vivir en Caracas. Aquí se juega a ser normales, pero en realidad estamos todos locos. Y explicar eso es tan difícil como decirle a alguien que la Coca Cola Light no es lo mismo que la Coca Cola normal. Por más que te refuten diciendo que sabe igualito, uno sabe que eso no es verdad.

Pero bueno, así que España ¿no?